REFLEXIONES SOBRE EL CONCEPTO DE ENFERMEDAD MENTAL

La enfermedad mental, considerada por gran parte de la sociedad como una conducta anómala que ocasiona diversos disturbios sociales, es un concepto que engloba muy diversas situaciones, desde una simple desviación del comportamiento (que no ocasiona situaciones de conflicto importante en relación con el entorno del individuo), a comportamientos estereotipados, extremos y agresivos (que hacen imposible la relación social y terminan con su aislamiento); cuando esto sucede, el sujeto es considerado como un enfermo mental.

La primera cuestión que surge es ¿qué es normal? Normal es todo lo que se encuentra dentro de una norma, es decir, de lo que se considera socialmente correcto. Evidentemente, existe ya un primer inconveniente, y es que las normas cambian: lo que a nosotros nos parece normal puede ser considerado anormal en otras partes; por ejemplo, hoy consideramos anormales el duelo, la muerte por descuartizamiento, la ausencia de higiene o la esclavitud, hechos que fueron normales en algunas sociedades avanzadas. Para definir la normalidad es preciso conocer y considerar la cultura de la que forma parte un hecho.

Además, todas las sociedades consideran sus modelos como idóneos, naturales y más civilizados, es decir, superiores a los demás. Por lo tanto, es preciso aceptar que una determinada sociedad y cultura modela a sus individuos y les muestra lo que pueden o no pueden hacer en una determinada situación, tanto más cuanto mayor es su grado de desarrollo. 

Pero es que lo normal supone también una valoración estadística; para que algo sea considerado como normal debe ser considerado así por la mayoría: como expresa Bacon1, “¿no es cierto que, si todos los hombres tuviesen una misma y uniforme locura, podrían entenderse todos con bastante facilidad?”. 

A la locura, a la enfermedad mental, se le denomina también “pérdida de la razón” pero… ¿qué es la razón? Es un término ambiguo, que admite diversas acepciones (comportamiento razonado, tener razón, comportamiento inteligente, provisto de razones o fundamentos…), que parten del concepto de comportamiento o actitud racional, que podría definirse como una conducta inteligente, es decir, relacionada con una respuesta adecuada, la más adecuada a la situación en que se produce el estímulo que ocasiona tal respuesta.

Los filósofos griegos concibieron dos formas de razón, la intuitiva, (que capta la verdad sin necesidad de un proceso demostrativo) y la razón discursiva (que exige una elaboración y, por lo tanto, no capta directamente la verdad). Aristóteles considera que se es razonable, prudente, cuando nos conducimos por la virtud que nos induce a seguir en las cosas el “justo medio”.

Desde un punto de vista filosófico, la razón podría definirse como una facultad intelectual, un instrumento conceptual, que permite al hombre desenvolverse en el mundo, comprendiendo lo existente, organizando datos dispersos y objetivando sus conclusiones mediante demostraciones2

Si el comportamiento racional ante un estímulo es un signo de salud mental, ¿qué interés tienen los estímulos en el desarrollo de la enfermedad mental? Una característica fundamental de todos los seres vivos, quizá la más importante pues les permite conservar la vida y reproducirse, es la posibilidad de respuesta a los muy diversos estímulos que ocasiona el contacto con la realidad; esta cualidad es ya evidente en los organismos vivos más primitivos. Por lo tanto, ante un estímulo, en los seres vivos, aparece siempre una respuesta que puede ser normal (adecuada) o anormal (inadecuada, improcedente), y que también puede ser instintiva (reflejo condicionado) o razonada. 

Un comportamiento adaptado, normal, supone una apreciación correcta de la realidad, que no es sencilla de alcanzar. Varios hechos la dificultan; en general, la visión que tenemos de lo que nos rodea es aproximada, puede tener deficiencias y siempre es subjetiva, por lo que la objetividad absoluta no puede producirse3. Cualquiera de los órganos de los sentidos emite señales que son percibidas e interpretadas por el cerebro, pero los sentidos responden de manera diferente de uno a otro individuo y, además, la forma en que procesa el cerebro la información que transmiten, también es diferente, e incluso en ocasiones se equivoca (fenómenos sensoperceptivos táctiles, auditivos y visuales, por ejemplo). 

La deformación de la realidad, por tanto, puede producirse por alteraciones en la percepción o trastornos del razonamiento. Una percepción alterada, de causa física (orgánica) o psíquica (elaboración mental), ocasionada por muy diversas causas, dificulta la posibilidad de una respuesta correcta, razonada; la drogadicción, por ejemplo, que altera las percepciones sensoriales y los mecanismos de análisis, determina comportamientos anormales, por inadecuación estímulo-respuesta3.  Por otra parte, también existen ejemplos de pensamiento irreal no patológico, que son estados temporales en los que el pensamiento permanece parcialmente sumiso al control de la conciencia: un ejemplo son los sueños, los juegos o la creación artística. 

Por lo tanto, desde el punto de vista del comportamiento, enfermo mental sería todo individuo que ante un estímulo reacciona con una conducta anormal, que se sale de la norma socialmente aceptada en ese momento. Pero esta definición tiene sus limitaciones, pues excluye a los individuos con un pensamiento patológico, que aún no se ha convertido en acción, por diversas circunstancias. 

Y si el pensamiento anormal no llega a transformarse en conducta anormal, hay que considerar también la voluntad, entendiendo como tal el grado de capacidad que tenga el individuo para controlar esos pensamientos (agresiones a terceros o suicidio, por ejemplo) o acciones consideradas fuera de la norma. Según Pascal4, “La grandeza del hombre está en que se conoce a sí mismo como miserable. Un árbol no se conoce miserable. Es, por consiguiente, ser miserable conocerse miserable; pero es ser grande conocerse que se es miserable. El pensamiento hace la grandeza del hombre”.

Y ¿qué decir sobre la influencia del entorno? El hombre posee unas necesidades y se plantea objetivos materiales (sustento) y espirituales (amor, autoestima, conocimiento, religión, aceptación social…); para lograr estos objetivos se enfrenta a diversas situaciones que son causa de frustraciones, que en general son de cuatro tipos5:

Materiales

Biológicas (incapacidades o enfermedades, minusvalías o limitaciones)

Conflictos de tendencias personales (moralidad, ética)

De índole social (consideración, afecto).

El modo adecuado de reaccionar al entorno indica un excelente estado de salud mental. Las frustraciones, percibidas como un entorno agresivo, pueden ser superadas venciendo el obstáculo; en otras ocasiones, simplemente se abandona el objetivo o se adoptan actitudes compensatorias. 

Estos mecanismos, adaptados según cada contexto psicológico, son positivos y no desequilibran al sujeto, sino que son beneficiosos para su desarrollo psicológico. Pero en otras ocasiones, la frustración origina reacciones negativas (reacciones agresivas -generalmente contra objetos o personas ajenas a la causa o contra sí mismo- reacciones de huida, ocultación de la realidad u obstinación -desdeña hechos y argumentos-, olvido aparente o conducta infantil -vuelta a formas primitivas de obrar en circunstancias parecidas-); estas reacciones negativas son causa de enfermedad mental.   Puede que la adaptación pasiva de lo circundante no constituya un criterio válido de salud mental: el conformismo puede ser una manifestación neurótica3

La adaptación al medio, por lo tanto, debiese ser activa, desarrollando mecanismos de adaptación, no de aceptación.

Finalmente, ¿qué importancia tienen los trastornos biológicos en la enfermedad mental? Los avances de la medicina han mostrado de forma evidente que los padecimientos físicos influyen sobre la mente y que diversas enfermedades producen anomalías del comportamiento (alteraciones tiroideas o suprarrenales, por ejemplo). Además, existen diferencias de grado en la configuración psíquica individual, de forma que un cerebro puede funcionar biológicamente mejor o peor, independientemente de la cultura en que se desenvuelve.  

Conclusiones:

1.- Si deseamos investigar el comportamiento humano y su patología, debemos considerar la interacción existente entre lo orgánico, lo psíquico y lo sociocultural.

2.- Pensamiento o conducta, concebidas como anormales por el propio individuo o la sociedad, definen la locura.

3.- La respuesta a un estímulo y, por lo tanto, la conducta, dependen de la percepción.

4.- La percepción es un proceso individual. 

5.- Existen alteraciones en la percepción, por alteraciones o enfermedades orgánicas o por déficit en los procesos de elaboración por el cerebro; en estas situaciones, los estímulos recibidos o procesados pueden ser considerados como normales por el individuo, que en este caso no es consciente de su trastorno de percepción.

6.- Las respuestas, la conducta, están modeladas, explicitadas en muchas ocasiones, por las normas sociales.

7.- El hombre es una unidad biológica, física y psíquica y ambas propiedades se relacionan entre sí. 

8.- Definir de forma sucinta y clara la enfermedad mental parece una cuestión complicada; sin pretender nada más que aportar una, que resuma estas consideraciones, la enfermedad mental podría definirse como una respuesta, de la conducta o del pensamiento, considerada socialmente anormal, a diferentes situaciones (estímulos) que actúan sobre un sujeto con una percepción alterada por diversas causas (físicas, psíquicas o socioculturales).

Bibliografía

1: Bacon F. Novum Organum. Orbis (Historia del pensamiento, vol. 26), Barcelona, 1985.

2: Rodríguez Aranda L. El desarrollo de la razón en la cultura española. Aguilar, Madrid, 1962.

3: Cloutier F. La salud mental. Ediciones Iberoamericanas, Madrid, 1967.

4: Pascal. Pensamientos. Orbis (Historia del pensamiento, vol. 32, Barcelona, 1985.5: Vitvrouw M, Remouchamps R. El comportamiento humano. Zeus, Barcelona, 1971.

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