Las disfunciones sexuales son un grupo de trastornos heterogéneos, típicamente caracterizados por una alteración clínicamente significativa de la capacidad de la persona para responder sexualmente o para experimentar placer sexual.

Este tipo de patologías afectan a alguna o varias de las diversas fases del ciclo sexual de los seres humanos. Es decir, pueden alterar el deseo sexual, la excitación, el orgasmo o la relajación.

La incidencia y prevalencia de este tipo de patologías aumenta cada año en nuestro país, dándose la mayoría de los cuadros entre el final de la década de los veinte y los primeros años de los treinta.  Por otra parte, el envejecimiento puede asociarse a una disminución normal de la respuesta sexual.

Las causas de los trastornos de la sexualidad pueden ser múltiples, influyendo factores biológicos, socioculturales y psicológicos. Tener o haber padecido alteraciones en las relaciones familiares, una educación sexual inadecuada o una experiencia sexual traumática pueden ser algunos de los factores predisponentes. Además, diversos factores como una anticipación al fracaso, sentimientos de culpa frente a las relaciones sexuales o una pérdida de la atracción, son factores que pueden causar que se mantenga este trastorno.

Los trastornos sexuales más prevalentes en el varón son la disfunción eréctil, la eyaculación precoz, la eyaculación retardada y el trastorno de deseo sexual hipoactivo.

En lo que respecta a las mujeres, las disfunciones sexuales más comunes son el trastorno orgásmico femenino, el trastorno de dolor génito-pélvico/penetración y el trastorno de interés/excitación sexual femenino.

A nivel clínico, los síntomas de cada disfunción sexual son diferentes, aunque existen una serie de manifestaciones que se asocian comúnmente:

Incapacidad para mantener relaciones sexuales.

Insatisfacción a la hora de mantener relaciones sexuales.

Problemática conyugal.

Ansiedad basal, tristeza vital, sentimiento de vergüenza, miedo al fracaso.

Los pacientes con disfunción sexual suelen ser reacios a aceptar que tienen un problema y pedir ayuda en un primer momento. En muchas ocasiones, comienzan a solicitar atención especializada debido a la aparición de problemática de pareja secundaria a la propia disfunción, o al desarrollo comórbido de un trastorno de ansiedad, o trastornos depresivos , entre otros.

El diagnóstico y tratamiento de este tipo de sujetos lo debe realizar un equipo multidisciplinar formado habitualmente por varios profesionales incluyendo un psiquiatra, un psicólogo clínico, un ginecólogo (en el caso de ellas) y un urólogo (en el caso de ellos). En un número relevante de ocasiones la intervención del sexólogo puede ser clave.

Es necesario llevar a cabo una valoración exhaustiva tanto psicopatológica como física, además de profundizar en los antecedentes personales y familiares.

En lo que respecta a la intervención psiquiátrica, el tratamiento suele consistir en una combinación de psicoterapia (tanto a nivel individual como de pareja) con psicofarmacoterapia, acorde a las peculiaridades de cada paciente, su motivación al cambio y al tipo concreto de trastorno que presente.

Obtener buenos resultados en el tratamiento de estas patologías influye sobremanera en otros aspectos de la vida personal, conyugal y familiar del paciente.

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